Yo me levanto, corriendo, como siempre, y como siempre salgo hacia la estación a toda prisa para, como casi siempre, perder el tren.
Esta mañana se ha repetido el proceso, cuando he llegado a la estación el tren se iba, bueno, en ocho minutos el siguiente, no pasa nada, esperaremos.
Me he subido al tren, y no me he despegado de la puerta, esa no se abre hasta la llegada a destino, diez años de tren dan ciertos conocimientos, sentarse en un cercanías en hora punta es tarea imposible, con lo que si consigues apoyarte y evitas que el brazo se te descoyunte, ya puedes darte por contento.
La señora que ha subido delante mía se ha movido hacia la izquierda, en busca de un agarradero de los que están más bajos, ya que nadie se levantará a cederle su asiento, y entonces la he oído, sí, no me ha hecho falta verla, estaba allí, era
Megan.
A esta
Megan ya la conocía, compartimos un tren en otra ocasión, esa vez íbamos sentadas, yo, ella y su séquito, esa vez compuesto por dos mozas, hoy solo una.
Sí, las
Megan suelen tener su propio séquito, aunque el de ésta en particular, deberíamos llamarlo Corte de Honor, ya que además de ser
Megan, es fallera, y fallera mayor nada menos, en este año que entra. ¡Alegría!
La otra vez pude regodearme en la elección de los trajes de fallera, de gala, de presentación y de mierdas similares, pero hoy no, hoy simplemente hablaba, y al escucharla, he descubierto cuan capaz de contenerme soy.
Megan no se agarra a nada, a ella no le hace falta, es
chiquitita, mucho, pero realmente guapa, cuando el tren se tambalea, se agarra a su dama, su dama sí puede estirar el brazo, es
multifunción, puede escuchar, asentir constantemente, intentar decir algo que para
Megan será una completa tontería a menos que la halague, y además sujetará a su
Megan si fuese necesario.
Megan finge estudiar, sí, finge, 19 minutos dan para ver que no ha leído nada absolutamente, que es puro
atrezzo para no tener que demostrar que no llega a la barra, y parecer a la vez una chica interesante. Comenta a su "amiga" los grandes logros de aprobar sin estudiar, de que Magisterio es la carrera más guay del mundo porque no hay nada realmente difícil, y que no entiende porque hay gente, (la dama por ejemplo) que estudia derecho o cosas así que no valen para nada, en las que hay que trabajar demasiado y no puedes llevar una vida a la vez.
Su
conversación en sí, bueno, el monólogo es una verdadera estupidez tras otra, la importancia de un vestido, el mensajito del chico, o la música del momento, pero escucharlo en tono
Megan es algo
difícil de resistir, todo es más fantástico, más bonito, más estupendo.
Yo intento que no se me note que la escucho, pero creo que daría igual,
posiblemente cuando anunciaran la última parada haría reverencias, y su séquito le haría la ola mientras babean. Pero la de hoy no puede, le esta sujetando el abrigo, ¡El
Meganabrigo!
Megan tiene que tener una postura ideal mientras ¿estudia? y claro, llevar el abrigo puesto no quedaría bien, no se vería su
cuerpecito bien formado, (aunque en algunas zonas
sospechosamente destacado de más, con ese tamaño de ser humano, esas curvas no son posibles, serán regalo de papá por su graduación).
Megan tiene una carpeta, tope
molona, en la que apoya sus papeles, deliciosamente marcados con colores que dañarían la vista a cualquiera, y un
boli, un
boli normalito, (o al menos lo parece), al principio no sabía si pensaba escribir algo, o es que lo necesitaba para guiarse en las líneas porque no sabe leer con claridad, pero no, ese
boli tiene otra función, la función.
He podido soportar escucharla decir una sandez tras otra, sacudirse el pelo tantas veces que me extraña, y mucho, que no tenga un esguince cervical. Ver que mientras habla y sujeta una carpeta es capaz de revisar su manicura, (natural, francesa no que hoy en día queda muy
poligonera), reírse ella misma de sus propias gracias, ver como no dejaba a la pobre dama decir nada, sonreír continuamente hasta el punto en que no tienes claro si sufre una parálisis facial o es que le estiran de algún sitio, incluso, ¡Incluso! he podido estar veinte minutos frente a una palestina con lentejuelas, ¡con lentejuelas!. Si esa prenda ya es aberrante de por sí, con lentejuelas debería ser delito por lo menos. Será cuestión de preguntar a alguno de esos extraños seres que les gusta estudiar derecho.
Lo escrito, he aguantado cual heroína toda su perorata sin sentido, sus
gestitos, sus
sonrisitas y hasta la palestina de los
coj..(
pip), pero el
boli, ¡el
boli!, me ha llevado al punto de desear que las puertas se abrieran y lanzarla a las vías.
Megan no utiliza el
boli para escribir, ni para subrayar, ni tan siquiera para morderlo nerviosa o
lascivamente, lo utiliza para golpear, sí, esos
golpecitos que hay gente que se dedica a dar a la mesa y que tan molestos pueden resultar, pero claro, en el tren no hay mesas, y hacerlo en la carpeta igual no quedaba muy molón, con lo que ha decidido golpear a su dama, ¡a su dama!,
tranquilamente, mientras finge leer y no para de hablar golpea con el
boli el brazo de su dama, en el brazo con el que ésta le sostiene su abrigo. La dama la miraba, miraba el
boli y callaba, y yo, yo...
Yo miraba a ambas con unas ganas tremendas de abofetear a la dama por idiota, de zarandearla para que despertara de ese letargo provocado por la
Megan, y quitarle el
boli a la susodicha y
clavarselo en alguna parte en la que cause mucho dolor, o al menos le destroce el conjunto que lleva a día de hoy.
Afortunadamente he respirado hondo, me he girado hacia la ventana para ver de nuevo el mismo paisaje que veo cada día, y el tren ha llegado
enseguidita a mi estación,
afortunadamente para ella, porque dudo que nadie en este mundo sería capaz de culparme por hacer justicia con una
Megan.